Olvídese de Sykes-Picot. Es el Tratado de Sèvres el que explica el moderno Medio Oriente

arcandoArtículo de Foreign Policy

por Nick Danforth (10 agosto de 2015)                                               Trad. Pamagal

Hace noventa y cinco años, Europa esculpió el Imperio Otomano. El tratado apenas duró un año, pero seguimos sintiendo sus consecuencias hoy.

 

sevres-map

Crédito: Colección de mapas de David Rumsey

 

Hoy hace noventa y cinco años, los diplomáticos europeos se reunieron en una fábrica de porcelana en el suburbio parisino de Sèvres y firmaron un tratado para rehacer el Medio Oriente de las cenizas del imperio Otomano. El plan colapsó tan rápido que ya casi no lo recordamos pero el efímero Tratado de Sèvres, no menor que el interminablemente discutido Acuerdo de Sykes-Picot, tuvo consecuencias que aún pueden ser vistas hoy en día. Bien podemos considerar unas cuantas de ellas mientras el aniversario de este olvidado tratado pasa por ahí en silencio.

En 1915, mientras las tropas británicas se preparaban para marchar sobre Estambul, a través de la península de Galípoli, el gobierno en Londres imprimió pañuelos de seda proclamando el fin del imperio otomano. Fue un poco prematuro (la batalla de Galípoli resultó ser una de las pocas victorias  de los otomanos en la 1ª Guerra Mundial) pero para 1920 la confianza británica parecía justificada: Con las tropas aliadas ocupando la capital otomana, los representantes de las potencias vencedoras firmaron un tratado con el derrotado gobierno otomano que dividía la tierra del imperio en esferas de influencia europeas. Sèvres internacionalizaba Estambul y el Bósforo, mientras daba pedazos del territorio de Anatolia a los griegos, kurdos, armenios, franceses, británicos e italianos. Viendo cómo y por qué el primer plan europeo para dividir Medio Oriente falló podemos entender mejor las fronteras de la región en la actualidad, así como las contradicciones del nacionalismo kurdo contemporáneo y los retos políticos que enfrenta la Turquía moderna.

El mismo año de la firma del Tratado de Sèvres, las potencias europeas empezaron a sospechar que estaban abarcando mucho y apretando poco. Determinados a resistir la ocupación extranjera los funcionarios otomanos como Mustafa Kemal Atartuk reorganizaron los residuos del ejército otomano y, después de varios años de luchas desesperadas, sacaron a los ejércitos extranjeros buscando imponer los términos del tratado. El resultado fue una Turquía como la conocemos en la actualidad, cuyas nuevas fronteras fueron oficialmente establecidas en 1923 en el Acuerdo de Lausana.

Sèvres ha sido en gran parte olvidado en occidente pero fue un legado poderoso en Turquía, donde ha ayudado a alimentar una forma de paranoia nacionalista que algunos expertos han llamado el “Síndrome de Sevrès.” Ciertamente Sèvres juega un papel en la sensibilidad turca sobre el separatismo kurdo, así como la creencia que el genocidio armenio – ampliamente utilizado por los diplomáticos europeos para justificar sus planes para Anatolia en 1920 – fue siempre una conspiración anti turca en lugar de un asunto de veracidad histórica. Es más, la lucha fundamental de Turquía con la ocupación colonial dejó su marca en una forma persistente de nacionalismo anti-imperialista, dirigida primero en contra de Gran Bretaña, durante la Guerra Fría en contra de Rusia, y ahora, con mucha frecuencia, en contra de Estados Unidos.

Pero el legado de Sèvres se extiende mucho más allá de Turquía, que es la razón del porqué debemos incluir este tratado junto con Sykes-Picot en nuestra historia del Medio Oriente. Nos ayudará a desafiar la noción muy extendida de que todos los problemas de la región empezaron con los europeos dibujando fronteras en una mapa en blanco.

No hay duda de que los europeos estaban felices de crear fronteras que se ajustaran a sus propios intereses cada vez que pudieran salir impunes. Pero el fracaso de Sèvres prueba que a veces no podían. Cuando los estadistas europeos trataron de redibujar el mapa de Anatolia, sus esfuerzos fracasaron contundentemente. En el Medio Oriente, en contraste, los europeos tuvieron éxito al imponer fronteras porque tenían el poder militar para imponerse sonbre los pueblos que se les resistían. De haber tenido al nacionalista sirio Yusuf al-‘Azma, otro bigotudo oficial del ejército otomano, que repitió los éxitos militares de Ataturk y derrotó a los franceses en la Batalla de Maysalun, los planes europeos para el Levante habrían seguido el camino de Sèvres.

¿Fronteras diferentes hubieran hecho al Medio Oriente más estable, o tal vez menos propenso a la violencia sectaria? No necesariamente. Pero viendo la historia a través de los lentes del tratado de Sèvres se sugiere un sentido más profundo acerca de la relación causa-efecto entre el trazado de las fronteras por europeos y la inestabilidad en Medio Oriente: las regiones que terminaron con fronteras impuestas por Europa tendían a ser aquellas que ya estaban muy débiles o desorganizadas para resistir con éxito la ocupación colonial. Turquía no se hizo más rica y más democrática que Siria o Iraq porque tuvo la buena suerte de tener las fronteras correctas. En su lugar, los factores que permitieron que Turquía desafiara los planes europeos y trazara sus propias fronteras – incluyendo un ejército e infraestructura económica heredada del imperio otomano – fueron algunos de los mismos que permitieron que Turquía construyera un estado nación estilo europeo, fuerte y centralizado.

Claro que muchos de los nacionalistas kurdos pudieran afirmar que las fronteras turcas en la actualidad, están equivocadas. De hecho, algunos citan la falta de un estado kurdo como un error fatal en la región post-fronteras otomanas. Pero cuando los europeos imperialistas trataron de crear un estado kurdo en Sèvres, mucho kurdos pelearon junto a Ataturk para cambiar drásticamente el tratado. Es un recordatorio de que las lealtades políticas pueden y hacen trascender las identidades nacionales de formas en que haríamos bien de darnos cuenta ahora.

El estado kurdo concebido en el Tratado de Sèvres estaría, significativamente, bajo control británico. Mientras esto atraía a algunos nacionalistas kurdos, otros encontraban esta “independencia” como una problemática forma de dominación británica. Así que se unieron para luchar con el movimiento nacional turco. Particularmente entre los kurdos religiosos, la continuación del gobierno otomano o turco parecía preferible a la colonización cristiana. Otros kurdos, por razones más prácticas, se preocupaban de que una vez a cargo los británicos inevitablemente apoyarían a los recientemente desposeídos armenios que buscaban regresar a la región. Posteriormente algunos se arrepintieron de su decisión cuando se hizo obvio que el estado por el que habían luchado para crear sería significativamente más turco – y menos religioso- de lo que habían anticipado. Pero otros, bajo diferentes grados de coerción, escogieron en su lugar,  aceptar la identidad del nuevo estado que se les ofrecía.

Muchos nacionalistas turcos permanecen asustados por la forma en que su estado fue destruido por Sèvres, mientras muchos nacionalistas kurdos aún se imaginan el Estado que hubieran podido obtener. Al mismo tiempo, el actual gobierno turco elogia las virtudes de la tolerancia y el multiculturalismo otomano, mientras el líder separatista kurdo, Abdullah Ocalan, aparentemente después de leer al sociólogo Benedict Anderson en la prisión, afirma haber descubierto que todas las naciones son simplemente construcciones sociales. El partido en el poder, el partido de Justicia y Desarrollo (AKP por sus siglas en turco) y el partido pro-kurdo HDP (por sus siglas en turco, que significa Partido Demócrata del Pueblo) ha pasado mucho de la última década compitiendo para convencer a los votantes kurdos que un voto para su partido es un voto por la paz –competir, esto es, sobre cuál partido era más capaz de resolver los conflictos que se llevan gestando hace tiempo al crear un estado más estable e incluyente. En resumen, mientras muchos estadounidenses aún debaten la naturaleza “artificial” de los estados en Medio Oriente hecha por los europeos, Turquía esporádicamente trasciende una obsesión de un siglo de duración probando lo “real” que es.

Es innecesario decir que la renovada violencia que ha visto Turquía en varias semanas pasadas amenaza estos frágiles elementos de un consenso post-nacional. Con el AKP exigiendo el arresto de los líderes políticos kurdos y las guerrillas kurdas disparándole a los oficiales de policía, los nacionalistas de ambos lados están quedándose atrás en posiciones familiares irreconciliables. por 95 años Turquía vio los beneficios económicos y políticos de su victoria sobre el Tratado de Sèvres. Pero para construir sobre este éxito requiere ahora requiere forjar un modelo político más flexible, uno que ayude a hacer que las batallas sobre las fronteras y la identidad nacional sean irrelevantes.

 

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